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50 aniversario de la muerte del poeta Francisco Arévalo

Francisco Arévalo

Mañana 18 de diciembre se cumplirán 50 años del fallecimiento del poeta cordobés Francisco Arévalo García.

Nuestra biblioteca, que mantiene una especial relación con él debido al periodo que pasó durante sus últimos años de vida trabajando en la Biblioteca Municipal (por entonces en su sede de la calle Sánchez de Feria), quiere recordar hoy esta fecha.

Lo hacemos como mejor podemos hacer, recogiendo aquí el listado de las obras suyas que poseemos en nuestra colección, y que son:

  • Córdoba cárcel de amor : poesías / Francisco Arévalo.– Córdoba : [s.n.], 1931 (Córdoba : Imprenta La Verdad) 235 p. ; 18 cm.
  • Cuadro flamenco : Juegos Florales Córdoba 1932.– Córdoba, 1932.
  • Caballero del diablo, El : tradición cordobesa.– , 1934.
  • Castillo del Conde Laurel, El : poemas infantiles.– , 1958
  • Piropos a Córdoba : poesías / Francisco Arévalo.– Córdoba : [s.n.], [1959] (Córdoba : Imprenta La Verdad) 337 p. ; 19 cm. D.L. CO. 54-1959
  • Silo de estrellas : poesías / Francisco Arévalo.– Córdoba : [s.n.], [1961] (Córdoba : Imprenta La Verdad) 402 p. ; 19 cm. D.L. CO. 47-1961

Por otra parte, también se pueden consultar en internet los artículos publicados en el BRAC-Boletín de la Real Academia de Córdoba (http://repositorio.racordoba.es/jspui/) , y que son:

  • Soneto a Cervantes / Francisco Arévalo. En: BRAC , nº 60, 1948 . — P. 168
  • Carlos Rubio el soñador / Francisco Arévalo. En: BRAC Año XI, n. 34 (en.-abr. 1932), p. 23-25
  • Cuadro flamenco / Francisco Arévalo. En: BRAC Año XI, n. 36 (oct.-dic. 1932), p. 63-66
  • El Centenario de Palomino : un homenaje en Bujalance / Antonio y Francisco Arévalo. En: BRAC Año V, n. 16 (abr.-sept. 1926), p. 109-115

 

Por último, reproducimos aquí el titulado CUADRO FLAMENCO, poema que obtuvo el Premio Extraordinario en los Juegos Florales celebrados en el Círculo de la Amistad el día 1 de Junio de 1932.

 
 Tablado lleno de luz,
 como del sol, amarilla;
 y, donde la luz más brilla,
 la guitarra puesta en cruz
 con la espalda de una silla.

 Resplandores cegadores,
 resplandores en las rejas que en el fondo se han fingido;
 y en el cielo estremecido
 de la noche, las estrellas esparciendo resplandores.

 A donde tocar conviene,
 pasito a pasito, viene
 con arrogancia, el «tocaor».
 Se acomoda, se serena,
 afectado empaque acusa
 de señor.

 Tiene la cara morena,
 morena, como la musa
 de sus ensueños de amor.
 Y en sus brazos al poner
 la guitarra compañera,
 lo hace con tanto placer
 como si en ellos pusiera,
 no una caja de madera
 sino un torso de mujer.
 Luego, con delicia loca,
 con desbordante delicia,
 la toca; y, mientras la toca,
 parece que la acaricia.

 Su mano choca y se va
 cuando la cuerda la ataja;
 mariposa inquieta, bulle, gira, tiembla, sube, baja
 y, tras de la caja, henchido de emoción y de ansia ya,
 es su corazón quien da
 golpecitos en la caja.
 Breves
 notas,
 leves
 gotas
 de poesía,
 que en el cuenco de la mano
 del gitano
 van cayendo, se diría,
 para abrirse en abanico, con la mano hecha armonía.

 Acerca, entonces, su asiento
 más al que toca, el «cantaor»;
 y, tras un largo lamento,
 que se alza conmovedor,
 de la copla en el acento,
 tira el corazón al viento,
 como si fuera una flor.
 —Desde que en el cielo estás
 tu ventana es un lucero;
 a ella te asomas quizás;
 y yo, que por verte muero,
 no puedo verte jamás.—

 En esto, esbelta y reidora,
 con mantoncillo cruzado
 y falda rebullidora,
 pisa, segura, el tablado
 Carmencilla la «bailaora».

 Carne en brasas, que se entrega
 de extraños y audaces ritmos a los invisibles lazos,
 más hechiza si más juega,
 se agita, flexible, o brega
 con las sierpes de los brazos.

 Y hasta su derecha espalda
 suben, en círculo bello,
 los volantes de la falda
 para abanicarle el cuello,
 mientras aupando el donaire
 de sus risas placenteras,
 dan empujones al aire
 las curvas de sus caderas.

 Talle fino, pelo endrino,
 rostro ovalado y cetrino,
 los volantes y los flecos, las caderas y los pies,
 todo se hace un remolino
 de colores,
 que alentando van, después,
 los olés
 de los viejos «jaleaores».

 Y en la fiebre volandera
 del torbellino carnal,
 las palmas, en vendaval,
 crujen, como la madera
 que se va echando a una hoguera
 de viva emoción sensual.

 Ella, dando al baile fin,
 bruscamente se detiene;
 y un brazo en alto retiene
 lo mismo que un banderín.

 Con desenfrenado afán
 de homenajes zalameros,
 bandadas de anchos sombreros
 a pararse a sus pies van.

 Y, conmovido en la entraña,
 le ofrenda el pueblo sus loores
 y exprime, con arte o maña,
 para gozar los dulzores
 de una embriaguez que no daña,
 sus flores, que son las flores
 que lleva en el pecho España.

 

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