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Ha fallecido Eduardo García, el poeta cordobés que nació en Brasil

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La inoportuna parca, que a deshoras trabaja, secuestró ayer a Eduardo García cuando apenas había cumplido los 50 años, y cuando tanto le quedaba aún por decir y por hacer en este mundo.

Eduardo García, que nació en Sao Paulo un 23 de agosto de 1965, fue cordobés desde que allá por el año 1991 encontró su sitio en esta ciudad. Aquí trabajó, aquí amó, aquí escribió.

Eduardo fue poeta porque, como él mismo dice, no pudo no serlo:

“Me llamo Eduardo García y soy poeta. No creas que lo digo satisfecho de mí, hinchado de soberbia por un supuesto don extraordinario que las musas me concedieron. Ser poeta es entregarse a una pasión que da muchos más quebraderos de cabeza que satisfacciones, pero a la que no se puede renunciar como no se puede dejar de amar a la mujer -o al hombre- de tus sueños, o entregarse de vez en cuando a nuestros recuerdos más felices. Se trata de una necesidad que alimentamos durante años hasta que se apodera de nosotros. Y entonces, ¡ya está!, hemos caído en las redes de la poesía. Para bien o para mal las palabras te persiguen con su olor y sus azarosas afinidades”.

[texto extraído de la Introducción a "Escribir un poema", 
Córdoba, El olivo azul, 2011]

Entre otros muchos premios literarios, Eduardo García recibió en el año 2008 el que se podría considerar el más importante de todos ellos. Este fue el Premio Nacional de la Crítica por su obra “La vida nueva“.

Os dejamos aquí el poema incluído en esa obra titulado Casa en el árbol

En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
con tablones y clavos e ilusión y un martillo
alzaré entre las ramas suelos, techos, paredes,
cuartos en espiral, secretos pasadizos
donde obra el azar el don de los encuentros
y de pronto amanece si me miras al fondo
por donde el viento corre a refugiarse,
madera en la madera, crujen las estaciones,
pasan a visitarnos los amigos,
huele a café, huele al árbol en que nos acogemos,
al rumor de las hojas, a la tierra
donde brota su impulso, su sed de los espacios,
se siente allí el verdor de las promesas,
casa y árbol fundidos, una sola criatura,
se es feliz de algún modo impreciso y vital,
con los años al árbol le van creciendo ramas,
gana cuerpo, se inclina hacia las nubes
y de pronto la casa ha ascendido unos metros
y hasta el aire es más puro, más ancho el horizonte,
las estrellas fugaces proliferan, ahora
vigila la espesura, hay luz en la ventana,
a cubierto de todo, suspendida,
luz de hogar en la noche, resplandor,
y una escala de cuerda entre las ramas,
si subes por la escala no hay retorno,
en la cima del viento hallarás nuestra casa.

 

Esperamos que no te importe, Eduardo; nos quedamos tus poemas.

Que la tierra te sea leve.

 

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